Las doce ánforas de Telémaco
Canto II, 349-360
La escena de la botella que espera, continúa, y se pone aún mejor.
Telémaco va a hacer su primer viaje. Necesita cargar provisiones y llama a Euriclea, la vieja despensera, para pedirle vino. Y fíjate en cómo se lo pide: dame el mejor vino después del que guardas para él. Ni se le ocurre tocar el de su padre. Sigue esperándolo tanto como su madre, aunque no lo diga nunca en voz alta.
Después le da la cifra. Que le llene doce ánforas.
Doce. Exactamente las mismas que le regaló Marón a su padre en Ísmaro, el vino que acabaría salvándole la vida en la cueva del cíclope. El hijo carga su barco con el mismo número que cargó el padre, sin saberlo, porque no puede saberlo: nadie le ha contado esa historia todavía.
Homero no lo subraya. No hay ninguna frase que diga fíjate en esto. Simplemente repite el número y confía en que dentro de tres mil años alguien esté leyendo con la suficiente atención.
Suele pasar, que hay que esperar, para darse cuenta de la auténtica dimensión de las cosas.