Los cincuenta liños de Laertes
Canto XXIV, 336-344
Y así es como termina la Odisea. No con la matanza, que ocurre dos cantos antes. Termina en un huerto.
Ulises sube a ver a su padre, Laertes, un viejo que se ha ido a vivir al campo de la pena y que lleva veinte años sin saber nada de su hijo. Le dice quién es. El anciano, lógicamente, le pide una prueba.
Y la prueba es esta. Ulises le recuerda que cuando era niño lo seguía por el huerto pidiéndole los árboles uno a uno, y que su padre le decía el nombre de cada uno al pasar. Y entonces los enumera de memoria: trece perales, diez manzanos, cuarenta higueras. Y cincuenta liños de cepas, cada uno de los cuales maduraba en una época distinta, para que hubiera uva durante toda la temporada.
Ese es el final del poema más famoso del mundo. Después de una guerra de diez años, de otros diez perdido, de monstruos, de hechiceras, del reino de los muertos y de una matanza en su propio salón, lo único que sirve para demostrar quién es un hombre es que se sabe el viñedo de su padre.
¿Se puede añadir algo más a eso?