La copa de Eumeo
Canto XIV, 109-114
El mejor anfitrión de todo el poema es un esclavo, y esto Homero lo hace a propósito.
Ulises llega a Ítaca disfrazado de mendigo viejo y lo primero que encuentra es la cabaña de su porquerizo, Eumeo. El hombre no lo reconoce. Ve a un vagabundo cualquiera, de los que llegan cada temporada contando que traen noticias a cambio de una cena. Y le da igual: lo hace pasar, le pone de comer, y le tiende su propia copa, la que usa él, llena de vino.
Mientras tanto, a un par de kilómetros ladera arriba, en el palacio, ciento y pico pretendientes se están bebiendo la bodega de la casa de ese mismo hombre.
Los que tienen todo lo malgastan. El que no tiene nada comparte lo que hay. Homero pone las dos escenas casi en paralelo para que no se le escape a nadie.
La generosidad y el presupuesto nunca han tenido demasiado que ver. Todos hemos bebido mejor en cocinas pequeñas que en algunos comedores enormes, y sabemos perfectamente por qué.