El odre de los vientos
Canto X, 19-55
Éolo, el señor de los vientos, recibe a Ulises un mes entero y al despedirlo le hace el regalo más útil de todo el poema: encierra todos los vientos contrarios en un pellejo de buey y lo ata con hilo de plata, dejando fuera solo el Céfiro para empujarlo a casa.
Ulises no suelta el timón durante nueve días. No se fía de nadie. Al décimo aparece Ítaca en el horizonte, se ven desde cubierta las hogueras de la gente en la orilla, y entonces, solo entonces, se queda dormido.
La tripulación lleva nueve días mirando ese pellejo. Han decidido que dentro hay oro y que su capitán no piensa repartirlo. Lo abren. Salen todos los vientos a la vez y la tempestad los devuelve al punto de partida.
Hay pocas metáforas más exactas de lo que es abrir una botella antes de tiempo. La paciencia es el ingrediente más barato del vino y el más difícil de conseguir, y el precio de no tenerla siempre lo paga quien descorcha.