Las sirenas
Canto XII, 39-54
La escena se cuenta siempre mal. No es una historia sobre resistir la tentación.
Circe le da las instrucciones antes de zarpar: tapa con cera los oídos de tus hombres para que no oigan nada. Y entonces añade una frase que lo cambia todo. Si tú quieres oírlas, que te aten al mástil de pies y manos. Le está abriendo la puerta. Le está diciendo que hay una manera de escuchar el canto más peligroso del mundo y seguir vivo para contarlo.
Y remata con la condición que hace grande el pasaje: si suplicas que te suelten, que te aten con más cuerdas todavía.
Ulises es el único hombre de la Antigüedad que oye a las sirenas y sobrevive. No renunció al placer. Le puso una cuerda. Sus hombres, con los oídos tapados, cruzaron seguros y no oyeron nada, y ese es el otro final posible.
Hay vinos que no admiten un no por respuesta. La respuesta adulta no es evitarlos ni fingir que no existen. Es beberlos atado al mástil, y disfrutarlos precisamente porque sabes lo que estás haciendo.